Quicuagésimo tercera: Restos de fusión
Mi desconocida:
Dice Longinos que de no ser por la importancia del momento y por una cierta debilidad, su mujer nunca le habría hablado de aquel desconocido.
Según ella, cuando lo vio entrar, desde el mismo momento en que lo vio entrar en aquel departamento de primera clase, lo identificó con el típico conquistador. Un creído. Era, en fin, el tipo de hombre que aborrecía.
Miró al desconocido aprovechando un descuido: tenía la sonrisa cínica, la mirada fría, el cuerpo agresivo y vestía con exageración.
El viaje fue largo. La necesidad de hablar hizo posible la conversación. Sólo así se explica que, después de algunas horas, las manos de él fueran más allá de lo esperado. Llegaron al fondo de lo protegido. Y ella lo recibió.
Cuando el túnel cesó y los cuerpos reposaron, lo miró de nuevo. Llenó sus ojos de él: tenía la sonrisa sincera, la mirada cálida, el cuerpo agradablemente provocador y su ropa era una caricia. Todo en él era definitivamente familiar. Como si lo conociese de toda la vida.
Dice Longinos que la culpa no fue de ella. Ni tampoco de él. Que la culpa la tuvo la mirada. Que se habían fundido en la mirada.

Fundirse
Cruzarse las miradas,
encontrarse los labios,
cederse las lenguas,
mezclarse los sudores,
tomarse de las manos,
fundirse los pechos,
los vientres, los sexos...
No existe lo tuyo y lo mío.
Sólo lo nuestro.
Dice Longinos que de no ser por la importancia del momento y por una cierta debilidad, su mujer nunca le habría hablado de aquel desconocido.
Según ella, cuando lo vio entrar, desde el mismo momento en que lo vio entrar en aquel departamento de primera clase, lo identificó con el típico conquistador. Un creído. Era, en fin, el tipo de hombre que aborrecía.
Miró al desconocido aprovechando un descuido: tenía la sonrisa cínica, la mirada fría, el cuerpo agresivo y vestía con exageración.
El viaje fue largo. La necesidad de hablar hizo posible la conversación. Sólo así se explica que, después de algunas horas, las manos de él fueran más allá de lo esperado. Llegaron al fondo de lo protegido. Y ella lo recibió.
Cuando el túnel cesó y los cuerpos reposaron, lo miró de nuevo. Llenó sus ojos de él: tenía la sonrisa sincera, la mirada cálida, el cuerpo agradablemente provocador y su ropa era una caricia. Todo en él era definitivamente familiar. Como si lo conociese de toda la vida.
Dice Longinos que la culpa no fue de ella. Ni tampoco de él. Que la culpa la tuvo la mirada. Que se habían fundido en la mirada.

Tamara de Lempicka
Fundirse
Cruzarse las miradas,
encontrarse los labios,
cederse las lenguas,
mezclarse los sudores,
tomarse de las manos,
fundirse los pechos,
los vientres, los sexos...
No existe lo tuyo y lo mío.
Sólo lo nuestro.







Y me activó viejos recuerdos que creía ya olvidados, de departamentos de tren, anacrónicos, con ventanillas que se podían abrir y olores rancios, pero donde las largas horas de viaje, la penumbra, y el pequeño espacio apartado de miradas extrañas, movían a las confidencias y a la intimidad, provocando ese cruce de miradas cargadas de significado y que la juventud y el deseo terminara por
Cruzarse las miradas,
encontrarse los labios,
cederse las lenguas,
mezclarse los sudores (Comment this)
Un beso enorme! (Comment this)
Gracias, Zaffe (Comment this)
Besos (Comment this)
Besos (Comment this)
3ª vez que te lo mando...
Besos! (Comment this)