Quincuagésima: Albúcar
Mi desconocida:
Pocos fueron los que supieron que el esclavo Albúcar, capturado por Polius Somario en las guerras del norte de África, era un hombre con cualidades.
Pocos supieron, fuera de la casa de Polius Somario, que el esclavo Albúcar no era sino el que garantizaba la prole sana, fuerte y leal de la casa, obligado a sementar las esclavas, que trabajaban en los bordados y en la costura de prendas para patricios y otros notables extranjeros, mientras los esclavos lo hacían en los sembrados de trigo y en los olivos del Valle del Tiber.
Albúcar vivió recluido en una habitación cerrada para el mundo y para él. Siempre en silencio. Su mudez y su ceguera desarrollaron de modo notable su tacto, pero más, si cabe, su olfato.
Si pocos fueron en Roma los que supieron de él y de su verdadera función en la casa de Polius Somario, de sus virtudes de tacto y olfato sólo fueron conocedoras la matrona de la casa, Lulia Pombia, y sus amigas, que solían visitarlo para pasar su mano a través de la gran reja y ser tocadas por la suerte.
Ellas sí sabían de su ceguera y de su olfato profundos.
Sabían de su capacidad para detectar, en el pulso, los días especiales.
Sabían de su tacto sutil, pero, sobretodo, de su olfato.
Sabían que era capaz de distinguir hasta tres capas de olores sobre la mano de una mujer. El último, el evidente, el percibido por todos, el fondo del perfume deshojado de volátiles. Pero también era capaz de conocer su olor previo, el más intimo, el que fue caricia mientras el cuerpo se preparaba y que le dice del jabón usado en la higiene personal.
Aunque nunca se dijo, todas sabían que podía llegar al anterior; es decir, el olor primero, el propio.
Todas se confiaban a su ciega discreción y se dejaban tocar la mano para obtener la suerte.
Por eso, ella, la más joven, la que siempre esperaba a ser la última, le prestaba su mano, le ofrecía el pulso de su sangre, se acercaba a la reja y se dejaba oler de arriba a abajo.
Luego, cuando ella se había ido, él se quedaba sentado y durante algunas horas no mudaba la mirada.
Esencia

Antognetti
Esencia
Esencia de hembra
que percibo sutil.
Olor a placeres mojados
en los sótanos de tu cuerpo.
Gusto de ti.
Pocos fueron los que supieron que el esclavo Albúcar, capturado por Polius Somario en las guerras del norte de África, era un hombre con cualidades.
Pocos supieron, fuera de la casa de Polius Somario, que el esclavo Albúcar no era sino el que garantizaba la prole sana, fuerte y leal de la casa, obligado a sementar las esclavas, que trabajaban en los bordados y en la costura de prendas para patricios y otros notables extranjeros, mientras los esclavos lo hacían en los sembrados de trigo y en los olivos del Valle del Tiber.
Albúcar vivió recluido en una habitación cerrada para el mundo y para él. Siempre en silencio. Su mudez y su ceguera desarrollaron de modo notable su tacto, pero más, si cabe, su olfato.
Si pocos fueron en Roma los que supieron de él y de su verdadera función en la casa de Polius Somario, de sus virtudes de tacto y olfato sólo fueron conocedoras la matrona de la casa, Lulia Pombia, y sus amigas, que solían visitarlo para pasar su mano a través de la gran reja y ser tocadas por la suerte.
Ellas sí sabían de su ceguera y de su olfato profundos.
Sabían de su capacidad para detectar, en el pulso, los días especiales.
Sabían de su tacto sutil, pero, sobretodo, de su olfato.
Sabían que era capaz de distinguir hasta tres capas de olores sobre la mano de una mujer. El último, el evidente, el percibido por todos, el fondo del perfume deshojado de volátiles. Pero también era capaz de conocer su olor previo, el más intimo, el que fue caricia mientras el cuerpo se preparaba y que le dice del jabón usado en la higiene personal.
Aunque nunca se dijo, todas sabían que podía llegar al anterior; es decir, el olor primero, el propio.
Todas se confiaban a su ciega discreción y se dejaban tocar la mano para obtener la suerte.
Por eso, ella, la más joven, la que siempre esperaba a ser la última, le prestaba su mano, le ofrecía el pulso de su sangre, se acercaba a la reja y se dejaba oler de arriba a abajo.
Luego, cuando ella se había ido, él se quedaba sentado y durante algunas horas no mudaba la mirada.
Esencia

Antognetti
Esencia
Esencia de hembra
que percibo sutil.
Olor a placeres mojados
en los sótanos de tu cuerpo.
Gusto de ti.







Besos guapo! (Comment this)
No hay noticia sobre lo que le ocurría a ella. (Comment this)
Besos
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