Cuadragésimo quinta: París en la piedra
Mi desconocida:
Aquel día, que era de otoño, cuando el sol se acostaba con pereza contra las fachadas de los viejos edificios de La Plaza del Panteón, al calor de la Sorbona , sentí el sabor de la piedra y su nobleza.
Allí, en la ciudad donde mejor se escenifica el amor sin complejos, la piedra, además de ser un noble elemento constructivo, es, sobre todo, un gesto de mujer que ama desde la frágil ilusión de su primera madurez.
Aquel día, que era de otoño, el sol que se acostaba contra la piedra me hizo encoger el ánimo y sentir nostalgia del futuro.
Aquella tarde dejó en mí el sabor de una sonrisa; la sonrisa de la mujer madura, sonriente, plácida, comprensiva e ilusionada.
Me enamoré de París.

París estrena su madurez
La ciudad que soporta
sus tres cuartos de historia
sobre los hombros de piedra
es como la mujer que estrena su madurez.
La mujer que hoy espera
ilusionada aún
al Ulises amado
ya no es la misma que le despidió.
La que en Ítaca teje
sin desesperar
sabe lo que quiere, sabe ser feliz.
La que amamantó, en su día,
las piedras seculares,
las aprieta ahora
en su maternal Sena
con tranquilidad.
París, las piedras, las piedras...
Mujer ya madura, tranquila,
paciente, concesiva
y por qué no, inocente.
París estrena su madurez.
Aquel día, que era de otoño, cuando el sol se acostaba con pereza contra las fachadas de los viejos edificios de La Plaza del Panteón, al calor de la Sorbona , sentí el sabor de la piedra y su nobleza.
Allí, en la ciudad donde mejor se escenifica el amor sin complejos, la piedra, además de ser un noble elemento constructivo, es, sobre todo, un gesto de mujer que ama desde la frágil ilusión de su primera madurez.
Aquel día, que era de otoño, el sol que se acostaba contra la piedra me hizo encoger el ánimo y sentir nostalgia del futuro.
Aquella tarde dejó en mí el sabor de una sonrisa; la sonrisa de la mujer madura, sonriente, plácida, comprensiva e ilusionada.
Me enamoré de París.

París estrena su madurez
La ciudad que soporta
sus tres cuartos de historia
sobre los hombros de piedra
es como la mujer que estrena su madurez.
La mujer que hoy espera
ilusionada aún
al Ulises amado
ya no es la misma que le despidió.
La que en Ítaca teje
sin desesperar
sabe lo que quiere, sabe ser feliz.
La que amamantó, en su día,
las piedras seculares,
las aprieta ahora
en su maternal Sena
con tranquilidad.
París, las piedras, las piedras...
Mujer ya madura, tranquila,
paciente, concesiva
y por qué no, inocente.
París estrena su madurez.







A mí también me encantó París...
Un beso muy grande!
(Comment this)
La describes bien, te felicito :-)
Mil besos para ti. (Comment this)
Besos! (Comment this)