Cuadragésimo primera: No sé si soy
Mi desconocida:
Cuando mi amigo Longinos andubo embarcado, etapa de la que se siente muy orgulloso, la regidora de un prostíbulo de la ciudad más occidental y sucia le concedió una lisonja: Para ti tengo una de ojos grandes, le dijo con evidente complicidad.
Quizá fuera un cumplido para ella, la agraciada, pero, sin duda, lo era claramente para él, porque Longinos suele contarme esta historia cada vez que quiere subrayar de modo implícito sus dotes conquistadoras. Y me deja pensativo. Porque yo, mi desconocida, no consigo saber si soy, o no soy, hombre de mujer con ojos grandes. Ni siquiera sé muy bien el porqué de la relación entre esto y las capacidades de conquista.
Longinos dice que la mujer de ojos grandes es terreno para la confianza, para creerse que uno sabe lo que piensa, para acabar descubriendo, más tarde que temprano, que tras una mirada llena también se esconde el misterio. El verdadero misterio.
Digamos que, según Longinos, las mujeres de ojos grandes y mirada profunda son para hombres muy ingenuos que jamás se acaban enterando de nada y también, en el extremo opuesto, para los hombres que saben mirar por dentro e ir más allá desde el primer día, hombres hábiles y diestros como él. Vamos, que no son aptas para hombres convencionales.
He de reconocer, mi desconocida, aunque me cueste decirlo, que más de una vez he sentido curiosidad e intentado descubrirme en este tema.
He sacudido los medios caseros, he intentado ir al fondo. Me enterré en el misterio, me hipnoticé con mucho cuidado para no quedarme dentro, me interrogué en sentido figurado y poético sobre si soy hombre de mujer de ojos grandes, amplios, luminosos, sinceros, cabales, llenos… Todo eso, por si acaso. Y nada.
Me llegaron luces inductoras y desconcertantes, me anegaron temores desconocidos propios de mozo tímido de almacén de coloniales, me visitaron arañas, también figuradas, aunque no agresivas. Cuando ya estaba sacando conclusiones, me invadió el despiste y el sueño, como suele ocurrirme cuando me pongo trascendente.
Cuando me saludé recuperado y celebrando no haberme quedado dentro, me di cuenta, como tantas veces me había ocurrido en la calle siendo niño, de que volvía a casa con el recado sin hacer.
Por eso, mi desconocida, aunque ya lo he intentado, sigo sin saber si soy hombre de mujer con ojos grandes, como lo es sin duda mi amigo Longinos. Sólo sé que soy un hombre despistado.

Cuando mi amigo Longinos andubo embarcado, etapa de la que se siente muy orgulloso, la regidora de un prostíbulo de la ciudad más occidental y sucia le concedió una lisonja: Para ti tengo una de ojos grandes, le dijo con evidente complicidad.
Quizá fuera un cumplido para ella, la agraciada, pero, sin duda, lo era claramente para él, porque Longinos suele contarme esta historia cada vez que quiere subrayar de modo implícito sus dotes conquistadoras. Y me deja pensativo. Porque yo, mi desconocida, no consigo saber si soy, o no soy, hombre de mujer con ojos grandes. Ni siquiera sé muy bien el porqué de la relación entre esto y las capacidades de conquista.
Longinos dice que la mujer de ojos grandes es terreno para la confianza, para creerse que uno sabe lo que piensa, para acabar descubriendo, más tarde que temprano, que tras una mirada llena también se esconde el misterio. El verdadero misterio.
Digamos que, según Longinos, las mujeres de ojos grandes y mirada profunda son para hombres muy ingenuos que jamás se acaban enterando de nada y también, en el extremo opuesto, para los hombres que saben mirar por dentro e ir más allá desde el primer día, hombres hábiles y diestros como él. Vamos, que no son aptas para hombres convencionales.
He de reconocer, mi desconocida, aunque me cueste decirlo, que más de una vez he sentido curiosidad e intentado descubrirme en este tema.
He sacudido los medios caseros, he intentado ir al fondo. Me enterré en el misterio, me hipnoticé con mucho cuidado para no quedarme dentro, me interrogué en sentido figurado y poético sobre si soy hombre de mujer de ojos grandes, amplios, luminosos, sinceros, cabales, llenos… Todo eso, por si acaso. Y nada.
Me llegaron luces inductoras y desconcertantes, me anegaron temores desconocidos propios de mozo tímido de almacén de coloniales, me visitaron arañas, también figuradas, aunque no agresivas. Cuando ya estaba sacando conclusiones, me invadió el despiste y el sueño, como suele ocurrirme cuando me pongo trascendente.
Cuando me saludé recuperado y celebrando no haberme quedado dentro, me di cuenta, como tantas veces me había ocurrido en la calle siendo niño, de que volvía a casa con el recado sin hacer.
Por eso, mi desconocida, aunque ya lo he intentado, sigo sin saber si soy hombre de mujer con ojos grandes, como lo es sin duda mi amigo Longinos. Sólo sé que soy un hombre despistado.

Todo lo que guardas está en tus ojos
Está en tus ojos
lo que guardas en la trastienda
de la historia.
Todo el misterio está expuesto
tras las persianas,
tras los balcones a la sombra.
Toda la profundidad del túnel
comienza en el negro de tus ojos.
Sobre papel blanco,
inmaculado,
islas de carboncillo
en la sonrisa.
Y detrás del balcón
todo se adivina, nada se sabe.
Sabiduría que se pesa por siglos,
mano certera para el amor.
Todo eso veo en tus ojos.
Todo lo que guardas.
(A Córdoba, ciudad encantada)







un alma de mujer
y unos ojos negros y grandes,
tras aquel velo.,
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Besos, ático
(de la mística oscura) (Comment this)
Él cree que se trataba de la mejor flor del jardín. Otros piensan que sólo le ofreció el mejor piropo de su repertorio.
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Hola lindo! Besos! (Comment this)