Sábado, Avril 26, 2008

Quincuagésimo primera: Maneras

Mi desconocida:
Algunas de las amigas de Lulia Pombia mostraban con frecuencia una disimulada curiosidad por el modo, las maneras y el rito con el que el esclavo Albúcar ejercía. Toda esa curiosidad se canalizaba a través de preguntas indirectas. Nunca se preguntó lo que se quería saber.
Lulia Pombia, que era una mujer inteligente que entendía las preguntas antes de ser formuladas, jamás pensó en llevarlas a presenciar la actividad principal de aquel aislado, que era realizada fuera de la casa, en un galpón reservado para ello y para el almacenamiento de cereales y a la que no era normal la asistencia de invitados. Además, esta labor era organizada por Tilio, comprador de esclavos, guardián de la casa y hombre peligroso e indeseable para las confianzas.
Sin embargo, un mediodía de primavera, animada por el brote de los almendros, Lulia pidió a Cenobia, su criada, que las llevara a la presencia del esclavo en su hora de comer. A todas les pareció bien.
Cuando entraron, Albúcar se estaba comiendo un asado de ave. Aunque siempre había mostrado hábitos más propios de ciudadano que de esclavo, no comía como un hombre cultivado. Centraba su ansia en la carne y la devoraba sin distraerse con nada.
Por eso, Albúcar nunca supo que había tenido visita.



                                                                     Antognetti


Maneras

Cómo será la muerte sin tortura
que la prepare.
Sin espacios de relleno
Sin un aviso previo.

Cómo amanecerá el dolor sin ser forzado

Cómo, la grieta,
sola
sin palanca que la fuerce
abrirá a la vida
el manantial espontáneo.

Echaré de menos tu rudeza.



 

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Sábado, Avril 19, 2008

Quincuagésima: Albúcar

Mi desconocida:
Pocos fueron los que supieron que el esclavo Albúcar, capturado por Polius Somario en las guerras del norte de África, era un hombre con cualidades.
Pocos supieron, fuera de la casa de Polius Somario, que el esclavo Albúcar no era sino el que garantizaba la prole sana, fuerte y leal de la casa, obligado a sementar las esclavas, que trabajaban en los bordados y en la costura de prendas para patricios y otros notables extranjeros, mientras los esclavos lo hacían en los sembrados de trigo y en los olivos del Valle del Tiber.
Albúcar vivió recluido en una habitación cerrada para el mundo y para él. Siempre en silencio. Su mudez y su ceguera desarrollaron de modo notable su tacto, pero más, si cabe, su olfato.
Si pocos fueron en Roma los que supieron de él y de su verdadera función en la casa de Polius Somario, de sus virtudes de tacto y olfato sólo fueron conocedoras la matrona de la casa, Lulia Pombia, y sus amigas, que solían visitarlo para pasar su mano a través de la gran reja y ser tocadas por la suerte.
Ellas sí sabían de su ceguera y de su olfato profundos.
Sabían de su capacidad para detectar, en el pulso, los días especiales.
Sabían de su tacto sutil, pero, sobretodo, de su olfato.
Sabían que era capaz de distinguir hasta tres capas de olores sobre la mano de una mujer. El último, el evidente, el percibido por todos, el fondo del perfume deshojado de volátiles. Pero también era capaz de conocer su olor previo, el más intimo, el que fue caricia mientras el cuerpo se preparaba y que le dice del jabón usado en la higiene personal.
Aunque nunca se dijo, todas sabían que podía llegar al anterior; es decir, el olor primero, el propio.
Todas se confiaban a su ciega discreción y se dejaban tocar la mano para obtener la suerte.
Por eso, ella, la más joven, la que siempre esperaba a ser la última, le prestaba su mano, le ofrecía el pulso de su sangre, se acercaba a la reja y se dejaba oler de arriba a abajo.
Luego, cuando ella se había ido, él se quedaba sentado y durante algunas horas no mudaba la mirada.

Esencia


                                                                Antognetti



Esencia


Esencia de hembra
que percibo sutil.
Olor a placeres mojados
en los sótanos de tu cuerpo.
Gusto de ti.



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Sábado, Avril 12, 2008

Cuadragésimo novena: Sensación inconsistente

Mi desconocida:
Comprobando que ellos se aceptaban, se sintió feliz y poliándrica.
Y es que la joven Catherine Dulois, luego Duquesa De Beaufort, conoció los sabores de la poliandria desde que empezó a subir con sus tres primos alsacianos al ático trastero del viejo caserón.
Madame De Beaufort fue una mujer de gran imaginación y de envidiable destreza en el arte de aplicarla. Sus ideas, sus lecturas y sus juegos, superaban al mejor de sus amantes. Además de imaginativa y juguetona, era valiente. Y sincera.
De joven, sólo cuando se encontraba con sus tres primos alsacianos se sentía equilibrada. De adulta, buscó persistentemente el equilibrio.
De los tres primos, sólo Jérôme, el más joven, se mantuvo a su lado después de casada. Jérôme tenía menos años, pero más fuerza y experiencia que sus hermanos. Era un joven de encanto natural a la hora de la verdad. Conocía las debilidades de Catherine y navegaba en ella como en una carta marina aprendida de memoria. Ella quiso, en innumerables ocasiones, desprenderse de su adicción y de todas ellas salió más sometida. El primo Jêrome se hizo imprescindible.
En París, todos los domingos, Monsieur Londrau, joyero de la Rue des Artisans y propietario de varios palacetes en Neuilly, llevaba a misa mayor a la Duquesa de Beaufort en su coche de caballos.
Todo el que quería podía ver a Mme. Beaufort disfrutar, con evidente e indisimulada publicidad, la compañía del apuesto caballero; porque Monseur Londrau era un hombre de excelente porte. Todo París lo sabía. Él no llegó a conquistar nunca el terreno del primo Jerôme o, al menos, no lo hizo con la destreza y confianza del joven alsaciano. Pero eso nunca se supo, ni interesó al París de los comentarios y parece que tampoco al propio Monseur Londrau. Por su parte, la duquesa necesitaba de ese brillo social que hacía más luminosa su mirada, más deseable su talle, más lujosos sus vestidos, más atractivas sus coqueterías. Por eso, Monseur Londrau era su pareja en el baile de París.
La duquesa era consciente de la necesidad de sus dos apoyos sentimentales.
Un día de tristeza, se reconoció a sí misma la existencia de un pilar imprescindible: su siempre ausente marido, el hombre al que admiraba y amaba desde hacía años, sin saberlo y sin ser correspondida.

Desde entonces, empezó a aceptar la existencia de una inconsistente sensación; la de que su equilibrio se apoyaba en la pasión por el juego amoroso, el cultivo de la vanidad y la admiración por lo inalcanzable.



                          Tamara de Lempicka


Beso inalcanzable

No me siento
Contigo
No me siento.

No me veo
En el fin
De tu mirada.

No me roza
El vaho
De tu aliento

Sólo llegan
Tus besos fraternales

Fríos y a destiempo

 


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Sábado, Avril 05, 2008

Cuadragésimo octava: Frágil geometría

Mi desconocida:
A las once en punto, el geómetra Euclides de Megara hacía un descanso en sus clases. En ese momento se levantaban todos. Cada uno llevaba su escuadra-silla, por él diseñada, hasta el otro patio, el patio soleado. Allí, alrededor de una fuente circular de chorros parabólicos, procedían al diálogo.
Entonces aparecía ella y servía el refresco.
Como era sabido, adoraba a su padre y admiraba su talento, su estética, su didáctica y su bien llevado albedrío. Disfrutaba del ambiente de la escuela, tan plácido y bien ordenado. Se movía con delicadeza, y de su mirada se desprendían la bondad y la inocencia. Gustaba de la música y las buenas maneras y vestía con delicada elegancia. Le agradaba moverse entre los alumnos, que eran hombres precisos y lógicos en la conversación y elegantes en el vestir.
El alumno Proclo, que no era delicado, ni esteta, ni estaba allí por su gusto, llegó una primavera disimulando mal su inocente brutalidad. Llegó y se hizo con la joven.
Un día, después de haberlo pensado, en medio de la comida familiar, ella dijo el nombre de su amante.
Nunca, hasta entonces, se había roto nada en la casa del geómetra.







Asimetría

Acercó la recta súbita y grosera
a su curva abundante
en la sombra del desnudo.

Desdibujó del todo
las formas más simétricas
del beso transparente.

Deshizo a su antojo
la cuidada armonía
tantas veces ensayada.

La penetró de un tajo.




Posted by Ático at 01:06:06 | Permanent Link | Comments (3) |