Friday, February 29, 2008
Saturday, February 23, 2008
Cuadragésimo tercera: Arriba y abajo
Mi desconocida:
Se eleva al cielo claro y transparente, trepándolo desde sus propias ramas, aupándose, alcanzando la cima y mirando al mundo.
Ella se ha quedado abajo, tendida, esperando un sol que la bese.
Arriba
se aprieta el mundo.
Abajo se abre una sábana
sin esquinas
preñada de casas
como ropa blanca
tendida al sol.
Giralda. Sevilla
Saturday, February 16, 2008
Cuadragésimo segunda: La quería para mí
Me la atrapó un gitano al salir de niña. Y ella por joderme me lo decía, me lo pasaba por la cara con alegría. Me la atrapó un gitano generoso y grande, libre y alegre como un gran río de mirada fuerte, caballero andante de la chulería.
Se la llevó el gitano que ella quería.

La Virgen de los Reyes
Clara, alegre, luminosa.
Vestida de domingo.
Mimosa.
Solicitada.
Cortejada.
Rodeada de calesas.
Altiva de cintura para arriba.
Abajo, pródiga y generosa.
Clara, alegre, luminosa.
Vestida de domingo
como una tarde de estreno
en los toros.
Saturday, February 9, 2008
Cuadragésimo primera: No sé si soy
Cuando mi amigo Longinos andubo embarcado, etapa de la que se siente muy orgulloso, la regidora de un prostíbulo de la ciudad más occidental y sucia le concedió una lisonja: Para ti tengo una de ojos grandes, le dijo con evidente complicidad.
Quizá fuera un cumplido para ella, la agraciada, pero, sin duda, lo era claramente para él, porque Longinos suele contarme esta historia cada vez que quiere subrayar de modo implícito sus dotes conquistadoras. Y me deja pensativo. Porque yo, mi desconocida, no consigo saber si soy, o no soy, hombre de mujer con ojos grandes. Ni siquiera sé muy bien el porqué de la relación entre esto y las capacidades de conquista.
Longinos dice que la mujer de ojos grandes es terreno para la confianza, para creerse que uno sabe lo que piensa, para acabar descubriendo, más tarde que temprano, que tras una mirada llena también se esconde el misterio. El verdadero misterio.
Digamos que, según Longinos, las mujeres de ojos grandes y mirada profunda son para hombres muy ingenuos que jamás se acaban enterando de nada y también, en el extremo opuesto, para los hombres que saben mirar por dentro e ir más allá desde el primer día, hombres hábiles y diestros como él. Vamos, que no son aptas para hombres convencionales.
He de reconocer, mi desconocida, aunque me cueste decirlo, que más de una vez he sentido curiosidad e intentado descubrirme en este tema.
He sacudido los medios caseros, he intentado ir al fondo. Me enterré en el misterio, me hipnoticé con mucho cuidado para no quedarme dentro, me interrogué en sentido figurado y poético sobre si soy hombre de mujer de ojos grandes, amplios, luminosos, sinceros, cabales, llenos… Todo eso, por si acaso. Y nada.
Me llegaron luces inductoras y desconcertantes, me anegaron temores desconocidos propios de mozo tímido de almacén de coloniales, me visitaron arañas, también figuradas, aunque no agresivas. Cuando ya estaba sacando conclusiones, me invadió el despiste y el sueño, como suele ocurrirme cuando me pongo trascendente.
Cuando me saludé recuperado y celebrando no haberme quedado dentro, me di cuenta, como tantas veces me había ocurrido en la calle siendo niño, de que volvía a casa con el recado sin hacer.
Por eso, mi desconocida, aunque ya lo he intentado, sigo sin saber si soy hombre de mujer con ojos grandes, como lo es sin duda mi amigo Longinos. Sólo sé que soy un hombre despistado.

Todo lo que guardas está en tus ojos
Está en tus ojos
lo que guardas en la trastienda
de la historia.
Todo el misterio está expuesto
tras las persianas,
tras los balcones a la sombra.
Toda la profundidad del túnel
comienza en el negro de tus ojos.
Sobre papel blanco,
inmaculado,
islas de carboncillo
en la sonrisa.
Y detrás del balcón
todo se adivina, nada se sabe.
Sabiduría que se pesa por siglos,
mano certera para el amor.
Todo eso veo en tus ojos.
Todo lo que guardas.
(A Córdoba, ciudad encantada)
Saturday, February 2, 2008
Cuadragésima: Recurrente
Mi desconocida:
Creo que la empujaba por un laberinto de calles tortuosas y escuálidas y tan cambiantes como la sombra de su propia imagen sin que fuera capaz de decir si la traía o la llevaba o la quería tal como el serón por su propietario o si la odiaba como tantas veces se había negado a sospechar cuando lo cierto es que sólo sabía que se ocupaba de ella sin que recuerde habérselo pedido.
Y mientras la empujaba sus almas yacían enredadas en un dolor repetido que se recreaba al paso por delante del mismo portal y de la misma mujer centenaria sentada y arrugada y de la misma mirada interrogante y de la misma súplica y del mismo castigo en cada vuelta.
Las calles se iban haciendo cada vez más estrechas.
Juliet Highet. Hutchison Library
Varias veces
Reconocida y tomada por hermosa
cuando se hizo ver.
Elevada a los aires y a los cielos.
Hundida hasta el centro de la tierra.
Presionada hasta el dolor
y el daño íntimo.
Elevada y tirada por los suelos del barro degradante
arrastrada por los pelos hasta pedir perdón
a su propio verdugo
con las mejillas rojas de vergüenza
y destrozados los sueños.
Humillada.
Maltratada sin culpa y varias veces.
Varias veces
varias veces maltratada.
(A Cartago, ciudad resucitada)

