Saturday, January 26, 2008

Trigésimo novena: Inconsciencia


Mi desconocida:
Cuando él le pidió el beso, la niña no midió la distancia de la edad; sólo se ocupó de la distancia que le separaba de sus labios.

Cuando le regaló el primer dolor, ella se sintió honrada, satisfecha de pertenecer.
Cuando tuvo que satisfacer sin ganas, lo hizo con gusto por conseguir algún dinero y calmarle su ansia.
Cuando, finalmente, ella enfermó, pensó que por fin estarían juntos.
Creo que fue después de haberlo visto en su propio funeral, cuando empezó a sospechar que no era trigo limpio.


        

Inconsciencia de muerte

Fue tan dura tu primera estocada
que mis tripas la aceptaron impasibles;
casi diría
que con golosa acogida.

El pálido rostro que te mira
con sonrisa agradecida
y ausencia perpleja
te pide otra jugada antes de romper.

Y tú no esperas ni a dudarlo.
Tal es tu ansia de orgasmo
y violencia
que de nuevo me entras.

Y ahora sí
que la sangre me emborracha
y se me ablandan las piernas
al mirarte.

Casi me dice la mente,
ya consciente de que la vida se licua,
que no cuentes conmigo para el próximo baile.
Que asistiré de cuerpo presente.

 

Posted by Ático at 10:04:14 | Permalink | Comments (5)

Saturday, January 19, 2008

Trigésimo octava: Mingo

Mi desconocida:
Cuando mi amigo Longinos dice, mi señora, es que estamos en compañía de alguien ajeno. Digamos que habla en traje de calle. Si no fuera así; es decir, si hablase en traje de faena, Longinos diría la paisana y todos entenderíamos sin mayor explicación. Y es que mi amigo Longinos, que presume de ser hombre de mundo, dice saber cómo se habla a cada audiencia.
Sin embargo, cuando Mingo dice mi señora, uno ha de entender que no se refiere a su mujer. Se refiere a la esposa de su patrón. Y entonces, los músculos de su cuerpo se concentran en una venerable reverencia.
Cuando la señora le mira, él interpreta.
Si le mira de abajo a arriba, sabe que el patrón, ese día, y por supuesto esa noche, no estará en casa. Que se ha ido de viaje.
Si le mira de arriba a bajo, es que ya ha regresado.

 
 

                                               La Piedad. Bernardo Torrens

No te levantes aún

Hasta que te den por escrito
licencia de ocupación del mundo

Espera

Hasta que ella te mire
como la miras a ella

Espera

Hasta que se ponga verde el semáforo
para peatones de segunda

Espera

Hasta que el registrador de la propiedad
te llame por tu nombre de pila

Espera

Hasta que reparen el aire acondicionado
en tu cayuco de vuelta

Espera

Hasta que pongan
alfombras rojas en tu pasarela

Espera

Posted by Ático at 09:29:42 | Permalink | Comments (3)

Saturday, January 12, 2008

Trigésimo séptima: Se llamaba

Mi desconocida:
Se llamaba Soledad. Varios libros a medio leer sobre la mesa camilla; pocas veces se quedó a solas con uno. Era mujer de muchos frentes.
Luz sobre la mesa. Tres ventanas altas, estrechas, vestidas de puntilla. Al lado, una repisa cuajada de libros.
A través de las ventanas disfrutaba las plantas del jardín; esas, tan familiares.  Las plantas la acompañaban, sí, aunque se podría decir que era ella quien más acompañaba.
Sentada en el rincón, cayendo la luz y una música de Amancio sobre ella, mirando un libro sin leerlo, se oyó el último ladrido lastimero de su perro.


                                                   Roxana Chile Bühler

Me percibo


Me percibo solitario, más allá del presente.
Solo y solitario.
Y no estás tú para decírtelo.


Me veo sentado frente a mis pocas pertenencias,
las más imprescindibles, ni siquiera las más queridas;
sólo aquello que me permita seguir siendo.

Me veo a mi lado
leyendo,
escribiendo,
pensando,
paseando.
En todo caso, como ves, sin mucho más que yo mismo.


Me presiento melancólico dulzón
repasando el tiempo
y rascándole con gusto la espalda a mis recuerdos.

Me veo aceptando las cosas como son.

Posted by Ático at 11:28:02 | Permalink | Comments (9)

Saturday, January 5, 2008

Trigésimo sexta: Cumpleaños oportunista

Mi desconocida:
Celebrar mi cumpleaños, a la salida de las Navidades, se me hace cada año más irrespetuoso. 
Empiezo a pensar que debería comportarme de otro modo con estos festejos, que son de luz y lentejuelas, y no mezclarlos con mi cumpleaños, modesto, incoloro, de andar por casa; que sólo tiene el mérito de haberse colado en el calendario la noche de Reyes, como un intruso en medio de las fechas mágicas, en medio de la ilusión de los niños y el esplendor de las ciudades.
Se me ocurre  que este atrevimiento podría llegar a ser considerado como un abuso y un aprovechamiento del esfuerzo de los demás. De los presupuestos municipales, que me ponen  las luces. De los comerciantes, que ponen de gala sus escaparates. Y hasta de las panderetas, que suenan gratis desde los altavoces de las calles peatonales.
Creo que no se debería tomar un cava de cine y estrellas en un cumpleaños como el mío, sin brillantina, sin mito y sin glamour.
Por eso me siento irrespetuoso. Porque me veo como el paleto que se atreve a soltar un pequeño petardo en medio de la monumental tirada de fuegos artificiales; o como el espontáneo que sale al ruedo de la vida donde nadie le espera y se aprovecha de que por allí pasa la multitud para hacer una gracia y ser premiado con la ovación de la cortesía.
Por respeto a estas fiestas, debería evitar mi cumpleaños.

Le pido a la vida
que me ponga un beso en la mejilla.
Y una ilusión perdida.
Y las manos en la espalda.

Le pido que me ponga cerca del peligro.
Y se estire conmigo, para mirarme.
Y me deje andar por el filo del tejado
como quien anda por casa, tan tranquilo.

Y que aspire el aire
de la montaña.
Y me contagie con él, cada mañana.

Le pido a la vida
que me ponga un beso en la mejilla.

Posted by Ático at 22:32:17 | Permalink | Comments (6)