Sábado, Junio 30, 2007

Decimosexta: Despeinada

Mi desconocida:

Te supongo tranquila, detrás de tu anónima trinchera, sonriéndole confiada a un inocente juego de palabras.

O quizá, imaginando una aventura soft, entre algodones y plumas, en una habitación tranquila, de cama amplia, sábanas limpias y vistas agradables.

Ella era capaz de salir a la luz, soltar los botones de su pecho, deshacer el orden de lo cotidiano y provocar un pequeño torbellino.

Era capaz de mostrar su lencería en una habitación estrecha, de un hotel ruidoso, de un barrio más que sospechoso, de una ciudad tercermundista.

Yo te deseo, con los botones al aire, con la mirada envuelta en sonrisa y la sonrisa en mensaje.

Y aunque sea en habitación tranquila, en cama amplia, con sábanas limpias y vistas agradables, yo te deseo despeinada.

 

La habitación tranquila

.
La habitación tranquila
La cama amplia
Las sábanas limpias
Las vistas agradables
.
Los cuerpos cercanos
El pensamiento turbado
El gesto elocuente
La mirada perdida
.
Las distancias cortas
Los juegos prohibidos
El pelo revuelto
Las sonrisas cómplices
.
Los cuerpos tendidos
Las manos abiertas
Las bocas mojadas
La sangre allí
.
El vientre expectante
El caballo galopando
El pecho abierto
Las piernas más
.
La tormenta en la tarde
El sueño en la noche
La luz en la mañana
Y el beso de la paz
.
La habitación tranquila
.
.
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Sábado, Junio 23, 2007

Decimoquinta: Es decir, en la memoria

De ese chico travieso, que has parido sin condiciones, y que te hace daño cada vez que se olvida de darte un beso.

 

Es decir, en la memoria

.
Se fue una mañana.
Una mañana gris por dentro
que por fuera no importa.
.
Se fue despacio y consumida.
.
Al día siguiente
cuando el hecho es más verdad que la vida
y los que quedamos ya hemos firmado
ella entró en la piedra
enfundándose la saya del olvido.
.
Cada año, una o dos veces,
la visito.
Y la veo,
cada año, más hermosa.
Mujer a los treinta y de buen talle y guapa de cara;
al lado de su hombre
que no era guapo
con más nariz, más alto y más delgado.
Él era el mástil de la moto.
Y ella detrás, sentada en traversa
y sujeta a él por la cintura
con el brazo derecho;
que con el izquierdo
saludaba a sus hijos.
.
Sus hijos.
Bueno uno, aunque travieso. El otro bueno.
Uno alegre y un poco alocado. El otro bueno.
.
¡Cómo te parecías a Sophia!
¡Cómo vivías tu pulsión de enamorada
de tu hombre
y de tus hijos!
Uno bueno, aunque travieso. El otro bueno.
.
¡Cómo te recuerdo
joven y guapa, viva e ilusionada
con tu hombre
y con tus hijos!
Uno bueno, aunque travieso.
El otro, bueno. El que te visita en la piedra
y te mantiene en el Cielo.
.
Es decir, en la memoria.
.
Posted by Ático at 00:06:09 | Permanent Link | Comments (3) |

Sábado, Junio 16, 2007

Decimocuarta: Lectura / lectora

Mi desconocida:

Es, la lectura, nuestro cordón umbilical .

Deje que me vierta en ello, por tanto, en la mañana del sábado, y hable de leer mientras escribo.

Deje que me entusiasme con la lectura de primavera, cargada de vida, como la naturaleza, que llega en abril y se abre en flor a la novedad.

Por cierto, habrá observado usted, mi permanente desconocida, y no sin una cierta sonrisa, que le he reservado para esta charla un tratamiento inhabitual. No se inquiete. No vea, en el usted, otra cosa que el milagro del respeto que aprieta sin molestar. Que funde y no confunde. ¡Qué milagro, el de la madre tierna canaria, o latinoamericana, que trata de usted a sus polluelos! ¿Verdad? Se funden, la cercanía y el respeto. No vea en ello, pues, distancia. Sólo lo usaré cuando me sienta muy sensible a los pequeños movimientos. Y usted, lo notará.

Deje, ahora, que me pierda en el recuerdo de la lectura de invierno, compañera de chimenea, cómplice bajo el edredón.

Y, también, que me anticipe a la frívola lectura de verano, mojada por el deseo, pero, a la vez, protegida por las manchas de una crema solar impertinente.

Cada lectura, mi paciente desconocida, tiene su lectora. Si me atrae la lectura de primavera, también me estimula su lectora. Si cálida es, la lectura de invierno, su lectora se me antoja amorosa. Suelta y alegre, veo a la lectora de verano.

Y he dejado, sin mentar, a mi lectora favorita. Por algo será.

 

                                    Eos (Eduardo Laborda)                                                       

Lectora de otoño

Se encara al viento
en la montaña sólida y redonda.
Se entrega
tranquila
a la mañana tibia de un otoño.
Recibe aliento en plena cara.
Sentada
deja que entre un pensamiento.
Lo acoge
como os digo
con un libro entre las manos.
Sosegada.
Posted by Ático at 12:09:10 | Permanent Link | Comments (13) |

Sábado, Junio 09, 2007

Decimotercera: Admirado

Mi desconocida:

Hoy me he levantado con la admiración subida de tono.

En nuestra especie, como en cualquier otro ámbito de este zoológico mundo, siempre se encuentran ejemplares únicos. Admirables. Éste que yo admiro, tiene la mirada viva, aguda, penetrante... Lo demás, ya se sabe; sin mayor importancia: con una sola factura de su camisero, cualquiera de nosotros viviría una orgía de compras en las rebajas.

Es un ejemplar de cabeza brillante. Brillante por fuera: abundante cabello, perfectamente peinado hacia atrás, con dos crines en media luna a ambos lados de la frente... Y todo brillante.

Y brillante por dentro: posee la neurona dorada; la neurona reina.

La reina es una neurona descansada y cuidada, que trabaja pocas veces por semana. Y sólo para las ocasiones, para lo fundamental: cuando la reina piensa, la Bolsa adopta posturas.

Nada tiene que ver ésta, con las neuronas damas de honor, que tiene también mi admirado, y que se ocupan de la neurona reina y de la cultura funcional. La cultura funcional es la virtud que se encarga de sus relaciones públicas: conocimiento de poesía para la ocasión, reconocimiento del vino adecuado, geografía muy vivida, historia leída, y elaboración de frases para la dama de ocasión, en la cena de ocasión.

A mayor distancia de las damas se sitúan las neuronas obreras, que también tiene, pero que son más propias de sus jóvenes colaboradores, esos que le preparan brillantes informes en ordenador portátil. Los que trabajan hasta las tantas de la noche, mientras dicen que ven la tele y mientras su pareja, a escasos metros, pone a remojo para mañana el polvo que esperaba para hoy.

Él es un hombre ajeno a estas perqueñeces. A esas horas, él y sus neuronas damas hacen gimnasia sentimental con la invitada de ocasión en un restaurante de lujo. Él sólo tiene que preocuparse de contener su transpiración de perfume caro. Mañana saldrá todo jugando al golf. Y mientras, la neurona reina descansa. Algún día tendrá que trabajar y obligará a la Bolsa a hacer una genuflexión.

Días atrás, tuve ocasión de admirar a mi admirado en uno de sus más genuinas actuaciones. Salía él del juzgado, que ahora frecuenta. Había ido por un asuntillo, cuyas repercusiones psicológicas y morales nos hubieran tumbado a cualquiera de nosotros. Pero a él, no. Salió despacio, mirando arriba, con orgullo, con clase. Los fotógrafos de la prensa y los que habían ido a insultarlo, estuvieron a punto de aplaudir y llamarle torero. Él no los miró. Salió de la caída sin despeinarse. Sin despeinar su brillante cabeza. La neurona reina se había ganado el día. Y yo me quedé admirado.

 

Accidente

Apoyó su elegante portafolios
sobre una mesa impecable
de cristal.
Lo abrió despacio,
exhibiendo sus manos de pianista,
sacó su contenido lentamente
y lo puso sobre la mesa con pulcritud.
.
Dejó los excrementos secos
a un lado,
los pañuelos usados al otro,
separándole los mocos.
Todo ordenado.
.
Luego,
sacudió con fuerza el maletín
y tiró a la basura las virutas muertas
del último raspillado doloroso.
.
Finalmente,
volvió a colocar las cosas en su lugar,
cada una en su sitio.
Hizo sonar el clic del maletín
y salió dignamente a la calle.
.
.
Posted by Ático at 00:36:44 | Permanent Link | Comments (3) |