Viernes, Junio 01, 2007

Duodécima: Rojo bermellón

Mi desconocida:

Me lo dijo una tarde de esas en que las confidencias eran un bálsamo para ella:

"Supe que era un peligro en cuanto lo vi llegar. Venía por el largo túnel, ensortijado en madreselvas. Venía a por mí.

Me miró y nuestros ojos quedaron enhebrados. No se soltaban. Me tenía prendida con la vista. Tiraba. Se estiraba. Se tensaba, como un arco, para tomarme. Se acercaba. Me hundía.

Hizo un tirabuzón con sus piernas, antes de entrar, y esbozó una sonrisa para salir. Se burlaba del juego y yo consentía. Entró y salió cuanto quiso. Todo eso sin besarme.

- Bésame, supliqué.

- No me condenes, dijo. Y se fue con el rabo entre las piernas."

No supe qué responder a la confidencia.

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Acariciando la pasividad

La tomó con calma,
como accede el lobo
al entrar en la espesura.
Y ella se dejó hacer.
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Mandó que las manos se fueran,
que las luces chocaran,
que las sombras cubrieran
y que los licores llenaran el alma.
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La tomó por detrás y con cuidado,
como entra la noche en la espesura.
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Líquidos, se volvieron los árboles;
oscuro, el horizonte sin contraste;
espesos, los verdes finales.
Y ella se dejó hacer.
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Sábado, May 26, 2007

Undécima: No me lo cuentes

Mi desconocida:

La curiosidad es un cordel que tira y desaloja el sentido de la razón. Detrás de la historia desconocida se esconde el atractivo del misterio; y un caballo inquieto comienza el trote del desvelo, sin parar. Cuantas más dificultades afloren al camino, más acelerará su marcha. Ten cuidado. No le dejes galopar. No rasgues los velos de tu vida ante mí. Mantente en la cálida penumbra de la sinceridad necesaria sin pasar a la estridente claridad de los cristales rotos. Hazme saber lo que deba saber, envíame tus mensajes cifrados en la delicada clave del amor sincero. No hace falta que te rompas. El amor perfila, con pinceladas propias, la imagen de la amada. Y esas pinceladas tienen su propio sentido. No mienten, sólo mejoran la verdad. A veces nos ayudan. Por eso, mi desconocida, te pido que apartes el cristal roto que nos hiere. No mientas. Pero no hagas, tampoco, de la verdad un látigo. Sé, conmigo, cariñosamente sincera.

 

  

 

Te vas brotando despacio.
y el relato
con cautela
se desnuda.
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Se diría que procuras darle cuerda a mi ansiedad.
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Mi deseo de saber - antes inquieto y sonriente-
ahora
exigente,
agobiante,
pide avanzar, hasta llegar
sin parar.
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Saber. Qué es saber.
Saber...
Navaja bajo el alma. Fuego a punto
de encender. Agua a punto de saciar.
.
Sé que me quieres contar
como se movió tu alma
cuando los dedos de un extraño
te mojaron  en el cine,
una tarde de verano.
.
No me lo cuentes.

 

 

 

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Sábado, May 19, 2007

Décima: Leerte

Mi desconocida:

Aquel verano pude conocer a mis tíos y pasar con ellos una corta temporada.

Dejé caer la propuesta, mientras comíamos, como si no me importara. Lo cierto es que mis padres la aceptaron con gusto y me enviaron a la playa, a casa de mi familia, al terminar el curso.

Mis tíos tenían una hija de la que se hablaba en casa mucho y bien. No me  atreví a preguntar por ella, al llegar a la estación; lo hice luego, en medio de una conversación banal. Sus padres mostraron gran pesar porque no estuviera con nosotros en esas fechas, a lo que yo resté importancia como pude.

Cierto día, mientras deambulaba por la casa, mi tía insistió para que entrara en el dormitorio de su hija y leyera alguno de sus libros. 

 Allí estaba su lectura, los libros que ella escogió y que probablemente amaba, las páginas que leyó, las que saciaron su curiosidad de mujer joven, las que le mostraron la vida por primera vez, las líneas en las que ella se emocionó.

Allí estaban sus prisas por llegar. Allí, su paciencia de lectora.

Me sentí invadiendo el rincón más íntimo de su alcoba. Y leyendo sus libros, la leí a ella.

 

 

 

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                            Leerte

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Acaricio el vello
de rebeldes sedas
que sombrea los bordes
de tu libro íntimo.
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Tu libro oculto,
guardado de miradas
que se extiende abierto
en el atril de la noche.
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Tiemblan pálidas las hojas
en la débil luz
del quinqué nervioso.
Conmueve la espera.
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Goza el aliento
mientras me acerco
a las páginas abiertas
a la espera de algo.
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Páginas mojadas
por el dedo húmedo
de saliva limpia
de lector intenso.
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Páginas que beso,
una por una,
lentamente,
intensamente;
con el deseo impaciente
de leerte.
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Sábado, May 12, 2007

Novena: Blando

Mi desconocida:

Dice Longinos que, allá, en Caracas, tenía un vecino huraño.

Dice que nadie quería coincidir con él por la escalera. Que, algunos, cambiaban de acera cuando lo veían venir. Que era un hombre amargo.

Tan amargo, tan huraño, tan huidizo...

Dice que no discutía con nadie. Que era porque se temía; porque no era capaz de controlar el monstruo interior.

Algunos creían que no se quería a sí mismo.

Tan austero era en el gesto, que resultaba difícil imaginar un cambio cuando le visitaba la tristeza.

Un día, contra lo que era habitual, lo vieron salir de su casa con una mujer. Bajó con ella hasta la puerta, a despedirla.

Todos sabían lo difícil que era verlo sonreír. Nunca lo hacía. Ese día, sí.

 

 

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De tan abundante que ha sido la cosecha

Se me queda el amor por las esquinas.
Se me cae de las manos.
Se desborda del continente inconmovible.
Se desliza por los bordes.
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Llevo el amor encima,
con sonrisa de domingo
y el gesto de un novicio despistado,
con los ojos grandes
de niño sorprendido
por tantos reyes magos no pedidos.
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Se me queda el amor por las esquinas.
Se me cae de las manos.
Se desborda del continente inconmovible.
Se me hace blando.
.
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Posted by Ático at 10:29:42 | Permanent Link | Comments (5) |

Sábado, May 05, 2007

Octava: Cerca

Junto a los otros, entre los demás, nadie diría que somos tú y yo, aunque nos hayan sentado juntos.

Porque las risas se suspenden en el aire y son de todos, porque las frases chistosas vienen siempre del mismo y van siempre a todos; porque todos somos uno, nadie es el otro, sino parte de todos.

Y todos sonríen. Se rien.

Y nos vemos, aunque nadie se atreva a mirar a nadie. Todos miramos con la fuerza floja y la sonrisa barata. Y todos nos hablamos en público. Y nos lo pasamos muy bien. Todos.

Sin embargo, en un momento en que la historia de todos se iba camino del desánimo, como un gesto particular, tú me hablaste a mí. Me hablaste al oído.

Y entonces, nos miramos.

   

                 Susurro

Tu susurro
me deja encendido,
por lo que sugiere.
Más que por lo que dice,
por lo que promete,
por lo que propone,
por lo que imagino,
por lo que me enciende.
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Posted by Ático at 09:04:27 | Permanent Link | Comments (10) |