Sábado, Avril 28, 2007

Séptima: Sin silla

Esperando una llegada, disfrutando de ella, entregándose a sí mismo, mirándose en su propia belleza. Sin silla, sin corsé, suelto de freno, anhelante de todo, leve en el aire, firme en la tierra, franco en el fuego, dulce en el agua. Entero y tierno. Adolescente y capaz.

Dejad al caballo sin silla. Dejadlo sentir la piel de la mañana. Dejadlo retozar con la inocencia. Él sabrá.

 

David Ligare

No tires

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No tires tanto
de la cuerda de mis celos,
que se me encabrita el potrillo
que llevo dentro.
No tires.
No tires, que rasgas.
No tires, que matas.
No tires, que muero.
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Sábado, Avril 21, 2007

Sexta: Desnudo de mujer

Estriptis de un día inocente

La vi en una playa nudista. Sólo unas gafas de sol. Sólo el negro de un pubis negro acompañaba al negro de las gafas. Era una mujer de rasgos correctos y muy bien proporcionada.

Cuando decidió irse, se levantó despacio. Se puso, primero, las bragas y luego el sostén. Se colocó una falda corta de color negro que ocultó parte de su cuerpo. Siempre, despacio. Finalmente, aún con los pies descalzos, se enfundó una camiseta blanca y ajustada. Se fue convirtiendo, así, en una mujer irresistible.

Mientras abandonaba la playa, se iba llevando, en cada paso, su levedad y su cadencia; y se iba haciendo más deseable, cuanto más lejana e inalcanzable.

Cayó la tarde sobre una terraza repleta de miradas. Y estaba ella, con su falda negra, con su camiseta blanca y con sus protectoras gafas de sol, que no se había quitado en todo el día.

Y lo hizo. Se quitó las gafas y surgió una mirada directa y limpia. Sentí un azaroso pudor.

 

lartigue                  

Ella está en su sonrisa

Nada me ilusiona más
que ver sus ojos mentirosos,
su sonrisa pedigüeña,
y la mirada que se queda.
Me voy a la deriva, mientras la miro,
si la mirada me devuelve.
Y cuando regreso a mí,
se han consumido los siglos
con la mente suspendida
entre miradas.
Nada me ilusiona más que su sonrisa.
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Sábado, Avril 14, 2007

Quinta: Inconsistente

Advierte el poeta la tensión de ser leído. Le acobarda la imagen de hombre desnudo delante de la sutil lectora.

Le acobarda el desnudo de los huesos, que son más sobrios y austeros que las carnes; más femeninas éstas.

Le acobarda el desnudo de los recuerdos, que son territorios protegidos por la capa de la nostalgia, para defender nuestro pasado.

Le acobarda el desnudo de sus errores, que son los retratos de sus debilidades.

La acobarda el desnudo de sus reflexiones, que son sus vergüenzas intelectuales.

 

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Durmiendo en la aldea 

Cuando duermo desnudo, 
por el verano, en la aldea,
aunque quiera evitarlo,
las sábanas frescas tienen cien manos.
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El alma se encuentra texturas de lino,
a veces con pliegues
y un roce en la piel,
y un roce en la piel
en cada vuelta.
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El alma, sin ropa, es alma libre;
es silencio atrevido
que entra por la ventana y te toca.
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Durmiendo desnudo, en mi casa de aldea,
durmiendo sin ropa, me siento más niño,
me siento otra cosa.
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Sábado, Avril 07, 2007

Cuarta: Un Sábado Santo

Mi desconocida:

Mi amigo Longinos, que fue cocinero antes que fraile y fraile antes que otras cosas, pasó su pubertad y su primera juventud alejado del mundo. Dice que, durante un tiempo, coincidió con el novicio menos aseado del lugar. Lo cuenta así, en su diario:

"Como dijeron que no tenía estudios, todos coincidimos en que él era el más indicado para cuidar de la cochinera.

El primer día, nada más ingresar, ya se le mostró el que sería su medio habitual en el futuro.

Como era de natural humilde, a todos nos pareció normal que no acusase el olor de la pocilga; o bien, de percibirlo, que no lo hiciera con extrañeza. Pronto comprobamos, con alivio, que los habitantes de la cuadra y él se miraban sin molestia.

Como empezara a oler mal, pasó a comer él solo en la cocina, en lugar de hacerlo en el refectorio, donde lo hacíamos los demás, incluidos cocineros, oficieros y novicios. No nos fue difícil convencerlo. Más difícil lo fue con el Prior, celoso de la regla.

De modo que, con toda la comida tentándole el estómago, que traía sin estrenar, y protegido de las miradas que invitaban a la frugalidad, empezó a comer sin freno y sin mesura. Al cabo de un tiempo, comía con la misma ilusión y entusiasmo que si estuviese en la propia cochinera.

Se fue haciendo tan bruto y descuidado el pobre que, a Fray Severo, su confesor, hombre sabio y bueno, por este orden, se le hizo dificultosa su tarea. Hubo de ocuparse de ello otro hermano menos docto, pero no menos bueno. Aún así, admitió que le costaba mucho aguantar dentro del confesionario. La situación se hizo extrema cuando, por fin, el hermano confesor amagó con negarse.

Un Sábado Santo, después de los oficios, intervino el Prior. Resolvió, definitivamente, de acuerdo con su recto proceder: Hizo valer su opinión de que, en adelante, fuera confesado sin menor aprecio que a otras almas."

Al Longinos de entonces todo le parecía correcto.

 

 

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Confesión sobre paño blanco

Aquel ser, que no se había manchado en su vida,
me empezó a escuchar, incommovido.
Aguantaba
el peso de mi vulgaridad
como un castigo aceptado de oficio.
Una sonrisa triste
le caía despacio por la cara.
Elevó su mirada por encima de mi altura
mientras sus ojos se iban despidiendo.
Me oía, ya, sin escucharme.
Quiso y no pudo, por fin, mirarme a los ojos.
Me perdonó.
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