Trigésima: Feliz
El sol se va poniendo por el vientre del Antello mientras ella se va haciendo, poco a poco, más lejana. Lleva prisa, estoy seguro. Noté chispillas en sus ojos al salir. Me miró mucho y se paró poco en esta despedida, tan corta y tan muda, tan cargada de otras cosas que no fueron las palabras. Así, en su mirada, entre destellos de felicidad, encontré camufladas dos ansias y un silencio.
Así se va. A través de la ventana la veo alejarse por el campo.
II
Antonio Cabalo era más duro que Pérgamo Lucas, el hombre más grande y macizo de la aldea y de las tres parroquias de alrededor: Moncelo, Domonte y Freixas.
Pérgamo Lucas ganaba en los juegos de pelea por su envergadura y nobleza. Sin embargo, Antonio Cabalo, más corto de miembros, más rollizo y fibroso, ganaba cuando la pelea era a las malas. Tenía más coraje y peor perder. Le venía de su madre.
Algunos años pasó en la cárcel. Dicen que cinco. Cinco justos hace ahora por Los Santos, me dijeron. Sí, seguro que tienen razón y que fueron cinco.
Dos semanas hace, que dicen que volvió.
III
Un domingo, el primero que vino con permiso, Antonio Cabalo la hizo suya. La llevó detrás de la iglesia y allí mismo la preñó. No puedo decir que por las buenas, que no se sabe, que en la aldea se dijeron pocas cosas, que hubo más sonrisas que palabras.
Desde entonces, ella se tornó más seria. Más callada. Más mujer, dicen. Pero, en la aldea, ya se sabe, hay que escuchar con cuidado. Que igual te dicen callada y quieren decir orgullosa. O te dicen más mujer y quieren decir otra cosa.
Yo creo que se volvió más suya.
IV
Nuestra casa del monte tiene más cuadras que alcobas. Y más pajares que ventanas. Pero es nuestra. Un año largo, hace, que vivimos aquí, en nuestra casa del monte.
Dejamos la aldea un día de otoño que amenazaba lluvia y que nos dejó llegar, sin caer una gota, de milagro.
Vinimos solos, ella, yo y el niño.
Es de buena suerte - me dijo- que no haya llovido por el camino, en la mudanza.
Así, con ganas, empezamos el vivir aquí, en nuestra casa, lejos de todos y lejos de algunos, que más que arrimar, se entrometen y más que entender, se sonríen. Así, además, yo me ocupo mejor de los bichos; quiero decir de las vacas. Así, en el monte, vivimos a gusto desde hace más de un año.
Ella me ayuda. Me ayuda en lo que puede. Es muy entera.
Trabaja en la casa. Y si hace falta en el campo, pues en el campo. Y si hay que ordeñar, ordeña. Y cuida del hijo, y hace labores y canta...
Es muy alegre. Y me atiende a mí. Y se me entrega como mujer.
Desde que vivimos en nuestra casa del monte, yo vengo siendo el hombre con más suerte de la aldea y de las tres parroquias.
V
Quince días hace, que dio un cambio en sus modos. Que dejó de ser ella. Y de sonreír. Y de trabajar con gana. Y de cantar. Y de saber de sus cosas.
Yo la miraba en la distancia y veía pena. Y, de cerca...Bueno, casi no había cerca, en esos días.
La semana pasada me pidió ir a la aldea por las noches para estar con su madre. Y es que su madre se viene encontrando cada vez peor y necesita compañía. Así me lo dijo.
Sujeté con fuerza, por la brida, mis celos desbocados. Apreté los dientes y acepté. Una madre debe ser atendida antes que nadie.
VI
Y ahora, cada mañana, vuelve, ordeña y trabaja feliz. Y canta de nuevo durante el día, esperando que llegue la tarde.
FIN

Eres tanto para mí,
que te prefiero feliz e infiel,
antes que fiel
e infeliz.







Comentarios Recientes
Yo no bu
Un
pero también vacant
Abrazos.
Gabriela