Decimotercera: Admirado
Mi desconocida:
Hoy me he levantado con la admiración subida de tono.
En nuestra especie, como en cualquier otro ámbito de este zoológico mundo, siempre se encuentran ejemplares únicos. Admirables. Éste que yo admiro, tiene la mirada viva, aguda, penetrante... Lo demás, ya se sabe; sin mayor importancia: con una sola factura de su camisero, cualquiera de nosotros viviría una orgía de compras en las rebajas.
Es un ejemplar de cabeza brillante. Brillante por fuera: abundante cabello, perfectamente peinado hacia atrás, con dos crines en media luna a ambos lados de la frente... Y todo brillante.
Y brillante por dentro: posee la neurona dorada; la neurona reina.
La reina es una neurona descansada y cuidada, que trabaja pocas veces por semana. Y sólo para las ocasiones, para lo fundamental: cuando la reina piensa, la Bolsa adopta posturas.
Nada tiene que ver ésta, con las neuronas damas de honor, que tiene también mi admirado, y que se ocupan de la neurona reina y de la cultura funcional. La cultura funcional es la virtud que se encarga de sus relaciones públicas: conocimiento de poesía para la ocasión, reconocimiento del vino adecuado, geografía muy vivida, historia leída, y elaboración de frases para la dama de ocasión, en la cena de ocasión.
A mayor distancia de las damas se sitúan las neuronas obreras, que también tiene, pero que son más propias de sus jóvenes colaboradores, esos que le preparan brillantes informes en ordenador portátil. Los que trabajan hasta las tantas de la noche, mientras dicen que ven la tele y mientras su pareja, a escasos metros, pone a remojo para mañana el polvo que esperaba para hoy.
Él es un hombre ajeno a estas perqueñeces. A esas horas, él y sus neuronas damas hacen gimnasia sentimental con la invitada de ocasión en un restaurante de lujo. Él sólo tiene que preocuparse de contener su transpiración de perfume caro. Mañana saldrá todo jugando al golf. Y mientras, la neurona reina descansa. Algún día tendrá que trabajar y obligará a la Bolsa a hacer una genuflexión.
Días atrás, tuve ocasión de admirar a mi admirado en uno de sus más genuinas actuaciones. Salía él del juzgado, que ahora frecuenta. Había ido por un asuntillo, cuyas repercusiones psicológicas y morales nos hubieran tumbado a cualquiera de nosotros. Pero a él, no. Salió despacio, mirando arriba, con orgullo, con clase. Los fotógrafos de la prensa y los que habían ido a insultarlo, estuvieron a punto de aplaudir y llamarle torero. Él no los miró. Salió de la caída sin despeinarse. Sin despeinar su brillante cabeza. La neurona reina se había ganado el día. Y yo me quedé admirado.

Accidente
Apoyó su elegante portafolios sobre una mesa impecable de cristal. Lo abrió despacio, exhibiendo sus manos de pianista, sacó su contenido lentamente y lo puso sobre la mesa con pulcritud. . Dejó los excrementos secos a un lado, los pañuelos usados al otro, separándole los mocos. Todo ordenado. . Luego, sacudió con fuerza el maletín y tiró a la basura las virutas muertas del último raspillado doloroso. . Finalmente, volvió a colocar las cosas en su lugar, cada una en su sitio. Hizo sonar el clic del maletín y salió dignamente a la calle. . .






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