Sábado, Avril 07, 2007

Cuarta: Un Sábado Santo

Mi desconocida:

Mi amigo Longinos, que fue cocinero antes que fraile y fraile antes que otras cosas, pasó su pubertad y su primera juventud alejado del mundo. Dice que, durante un tiempo, coincidió con el novicio menos aseado del lugar. Lo cuenta así, en su diario:

"Como dijeron que no tenía estudios, todos coincidimos en que él era el más indicado para cuidar de la cochinera.

El primer día, nada más ingresar, ya se le mostró el que sería su medio habitual en el futuro.

Como era de natural humilde, a todos nos pareció normal que no acusase el olor de la pocilga; o bien, de percibirlo, que no lo hiciera con extrañeza. Pronto comprobamos, con alivio, que los habitantes de la cuadra y él se miraban sin molestia.

Como empezara a oler mal, pasó a comer él solo en la cocina, en lugar de hacerlo en el refectorio, donde lo hacíamos los demás, incluidos cocineros, oficieros y novicios. No nos fue difícil convencerlo. Más difícil lo fue con el Prior, celoso de la regla.

De modo que, con toda la comida tentándole el estómago, que traía sin estrenar, y protegido de las miradas que invitaban a la frugalidad, empezó a comer sin freno y sin mesura. Al cabo de un tiempo, comía con la misma ilusión y entusiasmo que si estuviese en la propia cochinera.

Se fue haciendo tan bruto y descuidado el pobre que, a Fray Severo, su confesor, hombre sabio y bueno, por este orden, se le hizo dificultosa su tarea. Hubo de ocuparse de ello otro hermano menos docto, pero no menos bueno. Aún así, admitió que le costaba mucho aguantar dentro del confesionario. La situación se hizo extrema cuando, por fin, el hermano confesor amagó con negarse.

Un Sábado Santo, después de los oficios, intervino el Prior. Resolvió, definitivamente, de acuerdo con su recto proceder: Hizo valer su opinión de que, en adelante, fuera confesado sin menor aprecio que a otras almas."

Al Longinos de entonces todo le parecía correcto.

 

 

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Confesión sobre paño blanco

Aquel ser, que no se había manchado en su vida,
me empezó a escuchar, incommovido.
Aguantaba
el peso de mi vulgaridad
como un castigo aceptado de oficio.
Una sonrisa triste
le caía despacio por la cara.
Elevó su mirada por encima de mi altura
mientras sus ojos se iban despidiendo.
Me oía, ya, sin escucharme.
Quiso y no pudo, por fin, mirarme a los ojos.
Me perdonó.
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Posted by Ático at 00:04:15 | Permanent Link | Comments (1) |
Comentarios
1 - ¿Inconmovido?
Sigo leyéndote.

Besos (Comment this)

Escrito por: Zafferano at 2007/09/15 - 00:01:59
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