Saturday, May 17, 2008

Quincuagésimo cuarta: Descuido

Mi desconocida:

Hace tanto tiempo que te hablo sin retorno, embobado por las historias, embalado en la narración, embotado sobre mí mismo, que no le he dedicado tiempo y atención al hilo de plata que nos une.
Acabo de darme cuenta de ello.
Me alegra haberte recuperado.


                                                                                                                                    © Cayetano Arcidiácono


Elegido


Contento me has dejado esta mañana,
que me metiste las manos
en los bolsillos del alma.

Contento,
que me has sacado los forros;
que les has dado la vuelta,
y los has puesto al desnudo,
colgados en tu ventana.
Y solos.

Contento, entregado, tuyo.
Contento me has dejado esta mañana.



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Saturday, May 10, 2008

Quicuagésimo tercera: Restos de fusión

Mi desconocida:
Dice Longinos que de no ser por la importancia del momento y por una cierta debilidad, su mujer nunca le habría hablado de aquel desconocido.
Según ella, cuando lo vio entrar, desde el mismo momento en que lo vio entrar en aquel departamento de primera clase, lo identificó con el típico conquistador. Un creído. Era, en fin, el tipo de hombre que aborrecía.
Miró al desconocido aprovechando un descuido: tenía la sonrisa cínica, la mirada fría, el cuerpo agresivo y vestía con exageración.
El viaje fue largo. La necesidad de hablar hizo posible la conversación. Sólo así se explica que, después de algunas horas, las manos de él fueran más allá de lo esperado. Llegaron al fondo de lo protegido. Y ella lo recibió.
Cuando el túnel cesó y los cuerpos reposaron, lo miró de nuevo. Llenó sus ojos de él: tenía la sonrisa sincera, la mirada cálida, el cuerpo agradablemente provocador y su ropa era una caricia. Todo en él era definitivamente familiar. Como si lo conociese de toda la vida.
Dice Longinos que la culpa no fue de ella. Ni tampoco de él. Que la culpa la tuvo la mirada. Que se habían fundido en la mirada.



                                                                Tamara de Lempicka



Fundirse

Cruzarse las miradas,
encontrarse los labios,
cederse las lenguas,
mezclarse los sudores,
tomarse de las manos,
fundirse los pechos,
los vientres, los sexos...
No existe lo tuyo y lo mío.
Sólo lo nuestro.


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Saturday, May 03, 2008

Quincuagésimo segunda: Amputación

Mi desconocida:
Antes de que le amputaran su capacidad de hablar y conquistar con la palabra, antes de que le amputaran su capacidad de mirar y conquistar con la mirada, le pidieron que dijera su nombre. Él se dejó amputar.



                                                Antognetti


Te  bebí

En el sigilo de la vigilia de amante
me vinieron a apresar.
Me preguntaron por ti.

Negué tres veces
con la cabeza,
tal y como se miente.
Sin decir palabra.

Me pidieron que bebiese
entre tus piernas
para observarme.

Lo hice,
con las ganas que ahora muestro
y que acaban de salir
al paseo de la noche.

Te bebí por fuera.
Sin entrar en el líquido.

Te bebí.

Y mordí las palabras
que más me gustaban.



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Saturday, April 26, 2008

Quincuagésimo primera: Maneras

Mi desconocida:
Algunas de las amigas de Lulia Pombia mostraban con frecuencia una disimulada curiosidad por el modo, las maneras y el rito con el que el esclavo Albúcar ejercía. Toda esa curiosidad se canalizaba a través de preguntas indirectas. Nunca se preguntó lo que se quería saber.
Lulia Pombia, que era una mujer inteligente que entendía las preguntas antes de ser formuladas, jamás pensó en llevarlas a presenciar la actividad principal de aquel aislado, que era realizada fuera de la casa, en un galpón reservado para ello y para el almacenamiento de cereales y a la que no era normal la asistencia de invitados. Además, esta labor era organizada por Tilio, comprador de esclavos, guardián de la casa y hombre peligroso e indeseable para las confianzas.
Sin embargo, un mediodía de primavera, animada por el brote de los almendros, Lulia pidió a Cenobia, su criada, que las llevara a la presencia del esclavo en su hora de comer. A todas les pareció bien.
Cuando entraron, Albúcar se estaba comiendo un asado de ave. Aunque siempre había mostrado hábitos más propios de ciudadano que de esclavo, no comía como un hombre cultivado. Centraba su ansia en la carne y la devoraba sin distraerse con nada.
Por eso, Albúcar nunca supo que había tenido visita.



                                                                     Antognetti


Maneras

Cómo será la muerte sin tortura
que la prepare.
Sin espacios de relleno
Sin un aviso previo.

Cómo amanecerá el dolor sin ser forzado

Cómo, la grieta,
sola
sin palanca que la fuerce
abrirá a la vida
el manantial espontáneo.

Echaré de menos tu rudeza.



 

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Saturday, April 19, 2008

Quincuagésima: Albúcar

Mi desconocida:
Pocos fueron los que supieron que el esclavo Albúcar, capturado por Polius Somario en las guerras del norte de África, era un hombre con cualidades.
Pocos supieron, fuera de la casa de Polius Somario, que el esclavo Albúcar no era sino el que garantizaba la prole sana, fuerte y leal de la casa, obligado a sementar las esclavas, que trabajaban en los bordados y en la costura de prendas para patricios y otros notables extranjeros, mientras los esclavos lo hacían en los sembrados de trigo y en los olivos del Valle del Tiber.
Albúcar vivió recluido en una habitación cerrada para el mundo y para él. Siempre en silencio. Su mudez y su ceguera desarrollaron de modo notable su tacto, pero más, si cabe, su olfato.
Si pocos fueron en Roma los que supieron de él y de su verdadera función en la casa de Polius Somario, de sus virtudes de tacto y olfato sólo fueron conocedoras la matrona de la casa, Lulia Pombia, y sus amigas, que solían visitarlo para pasar su mano a través de la gran reja y ser tocadas por la suerte.
Ellas sí sabían de su ceguera y de su olfato profundos.
Sabían de su capacidad para detectar, en el pulso, los días especiales.
Sabían de su tacto sutil, pero, sobretodo, de su olfato.
Sabían que era capaz de distinguir hasta tres capas de olores sobre la mano de una mujer. El último, el evidente, el percibido por todos, el fondo del perfume deshojado de volátiles. Pero también era capaz de conocer su olor previo, el más intimo, el que fue caricia mientras el cuerpo se preparaba y que le dice del jabón usado en la higiene personal.
Aunque nunca se dijo, todas sabían que podía llegar al anterior; es decir, el olor primero, el propio.
Todas se confiaban a su ciega discreción y se dejaban tocar la mano para obtener la suerte.
Por eso, ella, la más joven, la que siempre esperaba a ser la última, le prestaba su mano, le ofrecía el pulso de su sangre, se acercaba a la reja y se dejaba oler de arriba a abajo.
Luego, cuando ella se había ido, él se quedaba sentado y durante algunas horas no mudaba la mirada.

Esencia


                                                                Antognetti



Esencia


Esencia de hembra
que percibo sutil.
Olor a placeres mojados
en los sótanos de tu cuerpo.
Gusto de ti.



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Saturday, April 12, 2008

Cuadragésimo novena: Sensación inconsistente

Mi desconocida:
Comprobando que ellos se aceptaban, se sintió feliz y poliándrica.
Y es que la joven Catherine Dulois, luego Duquesa De Beaufort, conoció los sabores de la poliandria desde que empezó a subir con sus tres primos alsacianos al ático trastero del viejo caserón.
Madame De Beaufort fue una mujer de gran imaginación y de envidiable destreza en el arte de aplicarla. Sus ideas, sus lecturas y sus juegos, superaban al mejor de sus amantes. Además de imaginativa y juguetona, era valiente. Y sincera.
De joven, sólo cuando se encontraba con sus tres primos alsacianos se sentía equilibrada. De adulta, buscó persistentemente el equilibrio.
De los tres primos, sólo Jérôme, el más joven, se mantuvo a su lado después de casada. Jérôme tenía menos años, pero más fuerza y experiencia que sus hermanos. Era un joven de encanto natural a la hora de la verdad. Conocía las debilidades de Catherine y navegaba en ella como en una carta marina aprendida de memoria. Ella quiso, en innumerables ocasiones, desprenderse de su adicción y de todas ellas salió más sometida. El primo Jêrome se hizo imprescindible.
En París, todos los domingos, Monsieur Londrau, joyero de la Rue des Artisans y propietario de varios palacetes en Neuilly, llevaba a misa mayor a la Duquesa de Beaufort en su coche de caballos.
Todo el que quería podía ver a Mme. Beaufort disfrutar, con evidente e indisimulada publicidad, la compañía del apuesto caballero; porque Monseur Londrau era un hombre de excelente porte. Todo París lo sabía. Él no llegó a conquistar nunca el terreno del primo Jerôme o, al menos, no lo hizo con la destreza y confianza del joven alsaciano. Pero eso nunca se supo, ni interesó al París de los comentarios y parece que tampoco al propio Monseur Londrau. Por su parte, la duquesa necesitaba de ese brillo social que hacía más luminosa su mirada, más deseable su talle, más lujosos sus vestidos, más atractivas sus coqueterías. Por eso, Monseur Londrau era su pareja en el baile de París.
La duquesa era consciente de la necesidad de sus dos apoyos sentimentales.
Un día de tristeza, se reconoció a sí misma la existencia de un pilar imprescindible: su siempre ausente marido, el hombre al que admiraba y amaba desde hacía años, sin saberlo y sin ser correspondida.

Desde entonces, empezó a aceptar la existencia de una inconsistente sensación; la de que su equilibrio se apoyaba en la pasión por el juego amoroso, el cultivo de la vanidad y la admiración por lo inalcanzable.



                          Tamara de Lempicka


Beso inalcanzable

No me siento
Contigo
No me siento.

No me veo
En el fin
De tu mirada.

No me roza
El vaho
De tu aliento

Sólo llegan
Tus besos fraternales

Fríos y a destiempo

 


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Saturday, April 05, 2008

Cuadragésimo octava: Frágil geometría

Mi desconocida:
A las once en punto, el geómetra Euclides de Megara hacía un descanso en sus clases. En ese momento se levantaban todos. Cada uno llevaba su escuadra-silla, por él diseñada, hasta el otro patio, el patio soleado. Allí, alrededor de una fuente circular de chorros parabólicos, procedían al diálogo.
Entonces aparecía ella y servía el refresco.
Como era sabido, adoraba a su padre y admiraba su talento, su estética, su didáctica y su bien llevado albedrío. Disfrutaba del ambiente de la escuela, tan plácido y bien ordenado. Se movía con delicadeza, y de su mirada se desprendían la bondad y la inocencia. Gustaba de la música y las buenas maneras y vestía con delicada elegancia. Le agradaba moverse entre los alumnos, que eran hombres precisos y lógicos en la conversación y elegantes en el vestir.
El alumno Proclo, que no era delicado, ni esteta, ni estaba allí por su gusto, llegó una primavera disimulando mal su inocente brutalidad. Llegó y se hizo con la joven.
Un día, después de haberlo pensado, en medio de la comida familiar, ella dijo el nombre de su amante.
Nunca, hasta entonces, se había roto nada en la casa del geómetra.







Asimetría

Acercó la recta súbita y grosera
a su curva abundante
en la sombra del desnudo.

Desdibujó del todo
las formas más simétricas
del beso transparente.

Deshizo a su antojo
la cuidada armonía
tantas veces ensayada.

La penetró de un tajo.




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Saturday, March 29, 2008

Cuadragésimo séptima: Más por viejo que por hombre

Mi desconocida:
No es muy grande de brazos, de piernas, de manos. Tan poco es, que no le cabe bien su enorme corazón.
No es un potro joven de pelo terso. Tan estrenado está de años, que sabe más por viejo que por hombre.
No es un lebrel fugaz. Tan lentos son ya sus movimientos, que han pasado de ser admiración a ser poesía.

No es un hombre grande, ni joven, ni rápido. Es un hombre que ha estrenado la sonrisa.





Vapor del Puerto

El vapor
que no es vapor
y que es todo motor
y ruido.

Es una carraca
que sabe a barco
de verdad.

Que,
paso a paso,
se desplaza
y nos lleva despacio.

Es una hoja tranquila
que ronca en las aguas
y que deja vagar
a los sueños del día.

Es un lobo de mar
con heridas.

(Al vapor del Puerto de Santa María)




 

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Saturday, March 15, 2008

Cuadragésimo sexta: Canela en la piedra

Mi desconocida:
Rebosaban alegría las terrazas en el interior de la plaza. El bullicio se encaraba al viajero y le invitaba a entrar en el  juego de miradas, tertulias y risas. La piedra, con su recto proceder castellano, abrazaba sin gestos, rodeaba sin palabras. Piedra enjoyada y austera a la vez.
Era un decorado de color canela.







Mujer de piedra canela


Asentada en los siglos
guardas la compostura
mirando al mundo con suficiencia
enjoyada
y recién llegada de la peluquería.

Sin embargo, por dentro, hierves
mujer de piedra canela.
Por dentro, hierves.

Por fuera, fría.
Por fuera, piedra.

Pero la piel de dentro
la que se deja lamer por el sol de la tarde
la que se deja tomar las medidas
es la piel que me queda de ti.

Me gustas más por dentro, mujer de piedra canela.


A la Plaza Mayor de Salamanca.







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Saturday, March 08, 2008

Cuadragésimo quinta: París en la piedra

Mi desconocida:
Aquel día, que era de otoño, cuando el sol se acostaba con pereza contra las fachadas de los viejos edificios de La Plaza del Panteón, al calor de la Sorbona , sentí el sabor de la piedra y su nobleza.
Allí, en la ciudad donde mejor se escenifica el amor sin complejos, la piedra, además de ser un noble elemento constructivo, es, sobre todo, un gesto de mujer que ama desde la frágil ilusión de su primera madurez.
Aquel día, que era de otoño, el sol que se acostaba contra la piedra me hizo encoger el ánimo y sentir nostalgia del futuro.
Aquella tarde dejó en mí el sabor de una sonrisa; la sonrisa de la mujer madura, sonriente, plácida, comprensiva e ilusionada.
Me enamoré de París.








París estrena su madurez


La ciudad que soporta
sus tres cuartos de historia
sobre los hombros de piedra
es como la mujer que estrena su madurez.

La mujer que hoy espera
ilusionada aún
al Ulises amado
ya no es la misma que le despidió.

La que en Ítaca teje
sin desesperar
sabe lo que quiere, sabe ser feliz.

La que amamantó, en su día,
las piedras seculares,
las aprieta ahora
en su maternal Sena
con tranquilidad.

París, las piedras, las piedras...
Mujer ya madura, tranquila,
paciente, concesiva
y por qué no, inocente.

París estrena su madurez.





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