Mi desconocida:
Comprobando que ellos se aceptaban, se sintió feliz y poliándrica.
Y es que la joven Catherine Dulois, luego Duquesa De Beaufort, conoció los sabores de la poliandria desde que empezó a subir con sus tres primos alsacianos al ático trastero del viejo caserón.
Madame De Beaufort fue una mujer de gran imaginación y de envidiable destreza en el arte de aplicarla. Sus ideas, sus lecturas y sus juegos, superaban al mejor de sus amantes. Además de imaginativa y juguetona, era valiente. Y sincera.
De joven, sólo cuando se encontraba con sus tres primos alsacianos se sentía equilibrada. De adulta, buscó persistentemente el equilibrio.
De los tres primos, sólo Jérôme, el más joven, se mantuvo a su lado después de casada. Jérôme tenía menos años, pero más fuerza y experiencia que sus hermanos. Era un joven de encanto natural a la hora de la verdad. Conocía las debilidades de Catherine y navegaba en ella como en una carta marina aprendida de memoria. Ella quiso, en innumerables ocasiones, desprenderse de su adicción y de todas ellas salió más sometida. El primo Jêrome se hizo imprescindible.
En París, todos los domingos, Monsieur Londrau, joyero de la Rue des Artisans y propietario de varios palacetes en Neuilly, llevaba a misa mayor a la Duquesa de Beaufort en su coche de caballos.
Todo el que quería podía ver a Mme. Beaufort disfrutar, con evidente e indisimulada publicidad, la compañía del apuesto caballero; porque Monseur Londrau era un hombre de excelente porte. Todo París lo sabía. Él no llegó a conquistar nunca el terreno del primo Jerôme o, al menos, no lo hizo con la destreza y confianza del joven alsaciano. Pero eso nunca se supo, ni interesó al París de los comentarios y parece que tampoco al propio Monseur Londrau. Por su parte, la duquesa necesitaba de ese brillo social que hacía más luminosa su mirada, más deseable su talle, más lujosos sus vestidos, más atractivas sus coqueterías. Por eso, Monseur Londrau era su pareja en el baile de París.
La duquesa era consciente de la necesidad de sus dos apoyos sentimentales.
Un día de tristeza, se reconoció a sí misma la existencia de un pilar imprescindible: su siempre ausente marido, el hombre al que admiraba y amaba desde hacía años, sin saberlo y sin ser correspondida.
Desde entonces, empezó a aceptar la existencia de una inconsistente sensación; la de que su equilibrio se apoyaba en la pasión por el juego amoroso, el cultivo de la vanidad y la admiración por lo inalcanzable.

Tamara de Lempicka
Beso inalcanzable
No me siento
Contigo
No me siento.
No me veo
En el fin
De tu mirada.
No me roza
El vaho
De tu aliento
Sólo llegan
Tus besos fraternales
Fríos y a destiempo
Recent Comments
Gracias, Zaffe
Que belleza.
rosa_desast
Precioso...
Besos
Devoraba l