Septuagésimo cuarta: En Portavedra
Mi desconocida:
Cuando Longinos me quiso relatar lo que había vivido con Clara, su amante lisiada, se le humedecieron los ojos.
No es Longinos un hombre de ojos húmedos, y menos en los momentos en que con ello pudiera quedar bien. Por eso, cuando le vi pasar por la mejilla el borde de su mano agrietada, de tanta mar y tanto rozar cabos, su mano grande y destartalada, se me instaló un trago de amargura en la garganta. Los dos acabamos disimulando. Cada uno lo suyo.
Estábamos en Portavedra, mirando al mar, y allí nos quedamos callados.
Paisaje III
Ayer puse flores en tu cama.
Las dejé reposar, sin prisa,
como quien deja al alma
perderse en la distancia.
Era tu cama blanca.
No era la nuestra,
ni la cama barroca de la torre.
Era tu vientre.
Eran las flores dulces de adormidera.
Tampoco eran las nuestras,
las camelias.
Era mi sentimiento entristecido.
Ayer puse flores en tu cama.
Y recosté mi cara en tu silencio.









